historia de un hombre nulo

A su funeral no acudió nadie más que su tercera amante. Tenía hijos, y alguna vez tuvo una esposa, incluso dos; pero nadie se quiso acordar de él.
Ella no lloraba, se limitaba a mirar los cuadros neutros que pendían de la pared como si no se hubiesen adquirido por separado. Iba de gris, y de vez en cuando se levantaba de la silla para ver si habían repuesto la bandeja de bollos. Bien entrada la tarde lo enterraron y ésta marchó a su casa como si viniese del supermercado, sólo que sin bolsas de la compra.
Eh aquí el fin de una vida sin rumbo, con sentido sólo para una mente que nadie jamás comprendió. La trayectoria de unos años que habían transcurrido siguiendo un juego de engaños, tabaco y juegos sucios que habían concluido con un final que no había despertado ninguna pena o llanto. Las cartas habían quedado al descubierto cuando un año atrás el médico dijo que era cáncer, pero nada cambió para su vida; y por consiguiente nada cambió para la del resto.
Sus hijos tenían distintas opiniones sobre él, pero todos coincidían en algo: no comprendían a aquel hombre cruel que se aburría de una vida y tenía la capacidad de desaparecer para saltar a otra. Nunca les había faltado dinero, y el calor de un padre se había tenido que ver sustituido por el calor que le podía ofrecer un buen abrigo de piel pagado con ese sucio dinero. No todos habían aceptado ese abrazo.
Se casó dos veces, la primera esposa murió por una sobredosis que nadie supo. Los médicos dijeron que el corazón falló, sin embargo, sólo una hija descubrió al tiempo que lo que falló del corazón era lo roto que lo tenía por un matrimonio basado en las bofetadas y violaciones.
Su segunda esposa huyó tras soportarlo durante dos años de clausura.
Tenía nietos, aunque ninguno lo vio realmente como un abuelo. Desde que murió su primera abuela se vieron huérfanos de una rama de la familia. Tampoco les importó mucho, comprendieron poco a poco que era mejor así y que lamentarse no les convenía. Los padres tardaron más en comprender esto. Tanto que les costó horas de terapia por parte de algunos que negaban que la realidad fuese tal.
Había conocido a su primera amante de joven. Recién casado decidió que ya iba siendo hora de probar nuevas tentaciones y emociones fuertes. Frecuentaba bares de carretera y locales poco recomendables y en uno de ellos encontró a una camarera atractiva aunque no muy simpática. Esto último no le importaba, para él las mujeres no eran más que una cara bonita y unas tetas grandes, así que en ella encontró la satisfacción que siempre quiso. Nadie necesitaba explicaciones ni respuestas a preguntas que no querían pronunciarse, casi era un alivio para todos. Sin embargo al final la chica se marchó a probar suerte por otros sitios que no estaban al alcance de nuestro protagonista.
Su segunda amante fue en uno de sus años locos tras la muerte de su primera esposa. Años salvajes sin lamentaciones ni camas vacías. No hacían falta amigos ni familia cuando el dinero te podía dar más que eso. Y la historia terminó como empezó en una noche oscura embriagada por el alcohol. No hubo llamadas de promesas rotas ni de disculpas y a la tumba se había llevado los misterios de aquella aventura.
La tercera fue una simple mujer que había aceptado cuidarlo y darle lo que necesitase a cambio de que la mantuviese. Un acuerdo mutuo y limpio. Todo el mundo se desentendió de ese viejo que más le valía chochear, y realmente nadie sabía si ella era una furcia o una santa. Apartaron los ojos de esa relación a la vista de tantos, de esa nueva familia y nuevas necesidades. De vez en cuando lo visitaban, de vez en cuando él los trataba bien, de vez en cuando les seguía dando dinero…
Y al fin le llegó la muerte. Aquella a la que tanto temió y a la que tantas veces había evitado. Todo el mundo termina igual, con un punto y final inevitable.
Y ella se volvió a su casa como si viniese del supermercado. Tiró las sábanas que olían a viejo y orina y en lugar de la cama que había puso un sofá y una tele nueva.

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