Nueva vida. Parte III

Fue un ruido lo que despertó a Emma. Un ruido sordo, como si algo se cayese contra el suelo y se rompiese en mil pedazos. Se acurrucó en su cama como si las sábanas fuesen a protegerla y esperó callada a que otro ruido le delatase lo que pasaba. Sin embargo los minutos que precedieron fueron de silencio sólo interrumpido por su respiración nerviosa. El día era claro y la brisa volvía a bailar con las cortinas y nada más que los miles pensamientos atropellados y atenuando su soledad golpeaban la cabeza de Emma.

Al cabo de diez minutos que parecieron eternos se oyó cómo la puerta corredera que daba a la playa se cerraba con cuidado. Emma decidió coger el teléfono y llamar a la policía pero al marcar el número descubrió que no había señal, había estado tan ocupada en su mudanza y sus pensamientos que no se había percatado de llamar a nadie ni ver si el lugar tenía buena cobertura. Entonces fue cuando su nerviosismo creció y decidió levantarse intentando contener su temblor de piernas. No se puso los zapatos para evitar hacer ruido y cogió instintivamente el portátil ya que le pareció lo más duro que podría tener para defenderse de cualquier arma o poder atacar a quien quisiera, pensó en los escritos que podría perder pero en ese momento sólo dos palabras le cruzaban por la cabeza; peligro e indefensa.

Emma bajó despacio por las escaleras y justo en el rellano vio su jarrón favorito roto en el suelo. Los pequeños trozos de cerámica pintada de azul y blanco estaban esparcidos por toda la habitación. Intentó no pisar ningún trozo y sin apartar la mirada de la puerta que daba a la habitación que daba al mar siguió caminando con el corazón en un puño. Sin embargo, cuando entró éste se sobrecogió más.

–       ¿Jaime?

Él miraba hacia fuera del cristal, y sollozaba, a su alrededor todo estaba empaquetado de nuevo, y las cajas se volvían a distribuir de forma laberíntica hasta la puerta de entrada de la casa. Jaime lloraba, tenía los ojos llenos de lágrimas que no se controlaban. Emma nunca lo había visto así.

–       ¿Por qué has recogido todo?

–       ¿Por qué? En serio, ¿por qué? –empezó a hablar sin mirarla.

Emma agachó la cabeza y dejó el ordenador dentro de una caja.

–       Lo siento, en serio. No debería haberme ido así, no debería haberte gritado. Pero no todo fue culpa mía, tú también me dijiste cosas malísimas.

–       ¿Fue todo por la riña esa? Vale que fuese importante, vale que en la vida nos habíamos grjtado tanto pero… ¡joder! No pensaba que fueses a llegar a hacer lo que hiciste ¡joder! En serio lo siento tanto…

Jaime golpeó la pared y un papel arrugado se le cayó al suelo, se dio la vuelta y sin mirarla salió de la habitación. Su cara estaba blanca, tenía ojeras al igual que los ojos rojos de no haber dejado de llorar los mismos días que tampoco se había afeitado. Emma se dirigió hacia la ventana y recogió el papel arrugado. Era una foto de ellos dos sonriendo, se acordaba perfectamente de ese día, de ese momento. Fue una tarde del final del verano de hace dos años, el mismo día en que decidieron irse a vivir juntos, el mismo día que dijeron que se iban a levantar siempre juntos escuchando el sonido de las olas y saboreando la sal del aire. Emma quiso llorar pero no pudo.

–       ¿Jaime? –Emma se volvió hacia la puerta. Era Victor, un amigo común de ambos.

Ella se extrañó de verlo allí pero Víctor no se percató en ella y entró corriendo hacia el sitio donde estaba el jarrón roto en el suelo. Se agachó a coger uno de los pedazos.

–       Mierda, joder. ¡Jaime! –y subió corriendo por las escaleras de dos en dos.

Emma lo siguió corriendo y cuando llegó a la primera habitación, su habitación descubrió que Jaime estaba en el suelo, arrodillando, llorando como jamás había llorado. La habitación estaba recogida en cajas al igual que el resto de la casa, la cama no tenía colchón, las ventanas no tenían cortinas y el espejo que había colocado enfrente de la cómoda no estaba.

–       Jaime, no puedes martirizarte, coño, no fue tu culpa.

–       Sí lo fue, ella lo hizo por lo que le dije, joder, se fue llorando ¡joder! Sabes cómo es ella cuando se pone nerviosa, ¡sabes cómo es ella!

Entonces Emma empezó a gritar, pero nadie la oía, Jaime seguía sentado en el suelo llorando y sollozando y Víctor seguía abrazándolo y había empezado a llorar en silencio. Emma gritaba con todas sus fuerzas que lo quería, que lo perdonaba, pero las palabras salían a borbotones de su boca para estamparse en el silencio de la nada. Entonces en un impulso cogió los brazos de Jaime pero no pudo, lo atravesó.

Emma se asustó, se asustó más que en toda su vida. No puede ser, pensó. ¿Qué es esto?

–       Jaime, tú no tienes la culpa de que ella se chocase contra ese camión. No tienes la culpa de nada, no tienes la culpa de que la vida haya ido así.

–       Pero la quería… la quería tanto, la amaba tanto…

–       Lo sé, y creo que ella también lo sabía.

–       Lo sé. –respondió Emma justo antes de que se le empezasen a aparecer destellos blancos dentro de la habitación.

El sol brillaba demasiado fuerte, y Emma desapareció en el mismo momento que una brisa marina sacudió la habitación y abrazó a Jaime.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s