el acantilado

Ella iba caminando casi corriendo, por le sendero de rocas. Llevaba una flor roja en la mano a la que trataba con el mayor cariño del mundo, evitando que ningún pétalo se cayese en cada uno de sus brincos y tropiezos. Ella corría camino abajo con una sonrisa en sus ojos y la boca entreabierta, dejando ver sus dos perfectos incisivos, apoyados con cariño sobre su suave labio inferior.

De momento, un acantilado que jamás había visto le cortó el paso. Ella se sobresaltó, llevaba más de veinte años paseando por aquel paraje y nunca se había percatado de ese corte de la tierra, era como si alguien hubiese borrado el resto de su senda y su consiguiente montaña en aquel momento. Se sentó en el borde del precipicio y dejó los zapatos a un lado, respiró hondo y sintió mil mariposas revoloteando dentro y fuera de ella. Volvió a respirar, tan solo para asegurarse de que todo aquello que sentía no era sólo fruto de un sueño demasiado encantador; mas cuando estuvo convencida de que no lo era, echó su cuerpo hacia atrás recostándose así sobre el fino manto de hierba mojada.

Puede que nunca antes hasta ahora había tenido la capacidad de darse cuenta de que ese recodo del mundo existía. Puede que nunca hasta ahora había sido tan feliz como para percibirlo. Y en un suspiro de aire, soltó la flor roja para disfrutar de la simple belleza de su vuelo frágil y efímero.

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