17 septiembre 11

Tenías que dar la vuelta al muro para poder ducharte. El guarda te lo había dicho y, a pesar de parecer un poco inverosímil allí te diriges con tu toalla y tus zapatos de estar por casa afelpados. Sin embargo, al volver el muro te das cuenta de que realmente no es un muro sino un tótem inmenso de cerca de un kilómetro de altura por el que tienes que trepar piedra por piedra hasta llegar a la superficie.

Llegas arriba y el paisaje que contemplas es el más bello que puedas ver jamás. Verde, montañas que quedan tapadas por un manto de niebla, protegiéndolas de ojos ajenos que las mancillen, ríos y árboles, pájaros volando y todo en absoluta calma. El cielo es blanco nublado y te impide ver el sol. De momento adviertes que no hay ducha y que has subido para nada por lo que tras echar la última ojeada decides bajar con las zapatillas en la mano y sujetándote de las rocas. La pared está totalmente vertical, no hay ningún saliente ni tan siquiera ningún rincón donde apearte. El vacío te atrapa la espalda y te hace caer; o al menos hace que tu estómago se alimente de nervios.

Ya estás bajo y entonces ves a tus amigos, les dices que el paisaje que se ve de allí arriba es precioso, y entonces deciden subir. Tú les acompañas, olvidándote de a qué ibas. Cuando estás arriba te vuelves a deleitar con la belleza de la visión y al decidir bajar adviertes que ya hay salientes en donde apearse. De hecho, hay un banco donde decidís haceros una foto con aquel fondo tan bello. De repente, advertís que una ola enorme viene desde lejos, tragándose todo ese valle, todas las montañas y toda la gente que está allí abajo, la arrastra sin piedad, mas un barco viene hacia vosotros. Es un barco de vela del que no terminas de confiar, por ello huyes de él aunque una gran mano transparente e invisible aunque con mucha fuerza te atrapa. Tú te agarras de cualquier cosa que ves, hay más barcos que parecen grandes y fuertes, pero al acercarte a ellos descubres que son de papel. Tu angustia y desasosiego crece y de momento te ves transportada en un último golpe de ola a un bosque de pinos. Un camino llega hasta un castillo y un hombre viejo y gordo te arrastra hacia su puerta. Entras. Está oscuro y sabes que una horrible criatura vive en su interior. Te adentras con miedo y la cabeza llena de oscuras ideas por las que cambiar tu libertad. Sin embargo, cuando llegas a la última torre, el techo lo pueblan juguetes y piezas rotas de máquinas e instrumentos. Lo que creías un monstruo es un anciano sentado en una mesa haciendo manualidades, y alrededor ves a gente con caras familiares y reconocibles que sonríen y te invitan a acompañarlo.

Despierto.

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