Cintia

–Recuerdo que tenía los labios carnosos, y que emanaban vida en forma de palabras. Eran unos labios rojos como la sandía y suaves, esponjosos como dos trozos de bizcochos. Me encantaban. Cada vez que hablaba tocándose el pelo, jugando con las puntas de su cabello, yo solo podía escuchar sus labios y morderme los míos pensando en hacer lo mismo con los de ella. No importaba de lo que hablase, amor, pasión, muerte, miseria… eran dos trozos de cielo en movimiento. Arriba, abajo, se apretaban, se mordían… y yo quería estar entre ellos.

–Y, aparte de sus labios, ¿recuerda algo más?

–La luz que desprendía, era vida pura, alegría, entusiasmo… mire, yo nunca he sido un hombre muy feliz y con ganas de vivir. Para ser honesto he de reconocer que me alimento de la tristeza que desprenden mis poros. Ella me daba la luz del día y era mi luna y estrellas por la noche. No nos veíamos todos los días, pero cuando lo hacíamos me daba fuerzas suficientes para pasar una semana sin verla.

–¿La quería?

–¿Quién no podía querer a esa chiquilla? Era el amor de los dioses y los hombres: una ninfa de carne y hueso.

–¿Mantuvo relaciones sexuales con ella?

–No. Nunca.

–¿Le hubiese gustado?

–No negaré que siempre había jugado en mi imaginación con su cuerpo. Pero lo veía tan inalcanzable que no me era muy diferente ver una película de ciencia ficción o soñar con ella desnuda a mi vera.

–¿Conocía a sus amigos?

–Ella conocía a todo el pueblo, a todos. Siempre envidié su capacidad de relacionarse, ya me ve… yo no puedo ni hablar con dos personas al mismo tiempo sin pensar que estoy aburriendo a una de ellas… ustedes son mi única visita desde… desde hace mucho, disculpen, no les había preguntado antes, siento ser grosero, pero ya saben… la falta de costumbre ¿quieren un café? ¿Pan con algo? No tengo mucho pero puedo…

–No gracias, estamos trabajando.

–Ah, claro, lo entiendo… bueno, pero era para que se sintiesen cómodos.

–¿Recuerda algo más de ella?

–Su andar. Siempre iba en tacones, con un paso firme y sólido, como si estuviese desquebrajando el mundo en cada pisotón. Como si estuviese clavando su marca en el suelo de alguna parte. Nadie pisaba como ella.

–Esa noche no llevaba tacones, realmente… no hemos encontrado los zapatos.

–Eso es raro, su taconear bailaba con el contoneo de sus caderas y eso bailaba con el mundo. Era música en movimiento, poesía visual.

–Bueno… creo que hemos acabado. Mi compañera le tomará los datos, huellas y… creo que no necesitamos nada más. Por favor, ¿me da un vaso de agua?

–Claro, ¿avisarán cuando sepan algo?

–Bueno, estamos muy liados, pero puede ir a la policía, ellos le informarán.

–Claro. Bueno, gracias.

–A usted.

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