Vida en sepia

Aquella casa estaba impecable de metro sesenta y cinco hacia abajo. Impoluta. La madera tenía un brillo que sólo podía conseguirse tras pasarse un paño impregnado de loción para muebles dos veces al día. Los retratos y objetos varios de decoración, obra de la recolección de suvenirs de distintos pueblos de España, se distribuían en hileras a lo largo de varias cajoneras que había en la entrada de aquella peculiar casa. Cuando entré, lo primero que hice fue quedarme mirando los retratos, muchos de ellos eran de las mismas personas y recorrían el transcurso de sus vida como si se tratase de una biografía ilustrada. Primero bebés y luego comuniones y hasta bodas. Alguna que otra foto era en blanco y negro y el color sepia natural del tiempo casi desteñía algunos cantos. Qué tocados y ropas.

–Mírelos, ¿a que son grasiosos? Esta es mi mayor –dijo la anciana cogiendo una de las fotos y volviendo a limpiar sobre el limpio marco de madera oscura–, María, se parecía a su padre, ahora se ha puesto un poco más gordica, sabe usted… llevar una casa a cuestas y los críos no perdonan.

–Claro –me limité a dedicarle mi mejor sonrisa y a asentir con la cabeza–. Pues mire que yo diría que se parece mucho a usted.

–No… no, mi María se parece a su padre, bien guapa y alta, mi marío era también muy así, muy hombretón y alto. Todas íbamos detrás de él, pero mira… se conformó conmigo. Mire, mi Ana sí que se parece a mí, claro está, no como estoy ahora, quíteme años y verá –la mujer me extendió otra foto, aquí estaba de nuevo María y a su lado una chica más jóven con los mismos ojos que la señora que tenía delante de mí, intenté imaginarla como sería de joven y adiviné que realmente sí eran dos gotas de agua–. Ahí también está guapa mi María, es que mi nena siempre ha sido muy guapa –dijo con una cara de orgullo desbordante mientras se acicalaba el delantal.

Le devolví la mirada y esta vez me salió con mucha ternura. La mujer se adentró en su hogar con un tintineo desigual al andar. Encendía la luz a cada habitación que entraba y podía comprobar que la casa se había seguido limpiando hasta la misma altura. Eché un último vistazo a las fotografías con una mezcla de pena y cariño de imaginar lo que pudo ser otra vida y lo que tal vez esta mujer había esperado de todo esto. Creo que comprendió mi gesto.

–Yo no les culpo, faltaría más. Cada uno tiene su vida, tienen sus cosicas, no está el mundo pa familia. Yo les dije que le cuidaba a los nenes, pero mire, las guarderías les pillan de camino al trabajo y yo estoy viejecica; ahora, ilusión sí que me hasía.

–¿Viven lejos?

–Bueno, en el pueblo de al lao, pero ya sabe, mucho trabajo. Mi mayor es secretaria y mi Ana tiene una tiendesica, mucho trabajo. Cuando yo era joven también había faena, créame usted, pero mire, una tenía que cuidar del hogar y hacer de comer pal marío y se tenía que sacrificar. Ahora, no hay pena cuando se ve disfrutar a tu gente. Pero ahora eso, no tienen tiempo –creí ver algo de pena en sus ojos y me pregunté a quién intentaba convencer. Supuse que en las tardes de soledad delante del televisor habría tenido esa conversación consigo misma ya más de cuatro veces.

–No se preocupe, ahora estoy yo aquí para ayudarla.

–Si yo ayuda no nesesito, nena. No se ofenda usted, pero mire qué limpia tengo la casa y haser de comer me da más peresa, pero bueno…

–¿Y las medicinas?

–Mi Ana me regaló una cajica para que las guardase por los días, pero una ya no ve como antes y no sé muy bien cuáles son las que tocan, pero más que menos me las tomo.

–Tiene que tomárselas todas Tomasa que luego no querrá darle algún susto a nadie.

–Yo lo que no quiero es molestar, pero bueno, mire me regalaron esto las Navidades pasadas –dijo sacando un collarín con un botón que conectaba con el servicio de urgencias–, que no es por mis chiquillas, es porque no quiero molestar.

–Bueno, a mí no me molesta usted, yo me paso por aquí y le damos un rato a la lengua todos los días.

–Pues mire, eso no le voy a decirle yo que no. Que desde que se me murieron la Ramonica y la Maite ya no es lo mismo, y en la televisión no hasen . Alguna vez llamo a mis chiquillas y charramos un ratico o con los nietos, pero mire usted –me dijo tocándome el brazo en un intento de acercamiento– no nos vamos a engañar: no es lo mismo. Con lo que me gusta a mí comprarle golosinas a mis nietos. Mire, les compré unas hace dos meses y aquí están –me señaló dirigiéndose a la cocina donde en una esquina de la encimera tenía tres bolsas de dulces endurecidos–. Ya vendrán.

–Pues claro –afirmé con efusividad.

–Ay nena, que no le he preguntado, ¿cómo se llama?

–Me llamo Clara –me sonrió.

–Anda, deme dos besicos –me agaché a corresponder su cariño.

–Ya verá como nos lo pasamos bien, ¿le gusta jugar a las cartas?

–¡Uy! Claro, mi Guillermo y yo jugábamos mucho cuando estaba vivo, ahora ya no puedo separarlas bien, eso sí.

–No se preocupe, ya verá como eso se le arregla dentro de poco.

–Dios le oiga –dijo con una sonrisa en la boca y una mota de felicidad creciente en el alma.

–¡Tiene usted una sonrisa muy bonita!

–La dentadura es postiza.

–Eso no importa, mujer –me volvió a sonreír y esta vez de forma sonora.

–¿Me hace un favor?

–Claro, dígame.

Se dirigió hacia una gran cortina que había colgada a un lado de la pared.

–Es que yo soy bajica, una todo es crecer p’arriba hasta que empieza a crecer p’abajo –abrió la ventana y vi que la persiana estaba cerrada a cal y canto y que, al igual que el resto de la casa, había cierto momento en el que se producía el ecuador entre lo limpio y lo inalcanzable–, a mí me gusta que entre la luz, pero es que no llego a limpiarla toda y me da un poco de vergüenza que me la vean de fuera sucia.

–Claro que sí, señora, ¿dónde guarda los paños?

A la mujer le faltó tiempo para dirigirse con su grácil contoneo hasta el primer cajón de la cocina donde tenía un paño y extrajo de uno de los armarios un producto para limpiar los cristales.

–Muchas gracias –me volvió a sonreír.

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