el ángel

Su piel nacárea brillaba y relucía como si fuese un lago de finas aguas. Su gesto impasible alumbraba y enamoraba la habitación y todos los hombres dejaban escapar miradas furtivas hacia ella. Yo, por supuesto, no iba a ser menos. La amé sin conocerla ni saberla, cuando entró por aquella puerta envuelta en su paño de tristeza y en su traje de mujer aislada supe que mi vida había sido creada por y para ella. Simplemente lo acepté, acepté que mi corazón ya había encontrado un lugar en el mundo y ese lugar estaría donde estuviese esa chica de fina y blanca piel. Tenía algo, tenía una mirada triste por la que daría cualquier cosa solo por verla sonreír. Tenía unos labios de regia seriedad y resquicios de lo que había sido una sonrisa, una preciosa y dulce brisa de carcajadas que ya se habían secado. Yo, como un bobo, no podía hacer más que mirarla y contemplarla en silencio, amarla y guardarla para siempre en el recuerdo pues ya no la volvería a ver, cuando el médico me llamase, desaparecería de su vista y ella de mi mundo, más no de mi recuerdo. Y, oh, en un momento, en un segundo creí que me había mirado. Sus ojos negros se habían paseado por la sala de espera en busca de algún punto en el que sujetar su alma, su peso y su tristeza. Yo encantado le hubiese dado un hombro con el que llorar o con el que pudiese dejarse andar hasta el mismo infierno, lo habría hecho todo por oír ese peso de alegría emanar de sus poros.
Pero el médico me llamó, y cuando entré en la sala había olvidado todos mis males, había olvidado esa bala clavada en el hombro, esa imagen de amistades muertas en el campo de batalla, ese sonido pretificante de gritos mezclados con silencios y bombas que ensordecían el mundo. Lo había olvidado todo por esa piel y esos ojos que me habían hecho enloquecer.
Y salí, con un parte de operación y una alentadora conversación sobre mi suerte y mi dicha de seguir con vida. Eso pensaba el médico, yo no podía seguir viviendo sin volver a ver ese pelo negro envuelto en un pañuelo rojo. Pero ella ya no estaba allí, ya no estaba en esa sala, se había esfumado y evaporado como en los sueños se evaporan los reflejos. Y solo me quedé con mi bala incrustada en la piel y su reflejo en mi alma.

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