El hombre que paseaba bajo la lluvia

En octubre se dedicaba a pasear bajo la lluvia con o sin paraguas, preferiblemente sin él. No le importaba que las gafas se le mojasen, tampoco que el pelo se le hiciese una masa de hilos compactos, húmedos y lacios; solo quería sentir algo, aunque fuese humedad, aunque fuese el frío sobre sus prendas mojadas, aunque fuese la aprensión del pantalón vaquero ciñéndose a su figura adusta. Antes solo paseaba por su barrio, y más tarde por su ciudad. Sin embargo, con el paso del tiempo y de las estaciones, con el paso de la temporada de lluvia volvió a sentirse muerto por dentro y muerto por fuera, volvió a sentirse discapacitado. Ahí se sentaba en su rincón favorito de la casa, aquel que estaba rodeado de libros y olía a café de ayer de los resquicios pegados en cientos de tazas vacías que siempre quedaban por limpiar, y leía. Leía como un loco dejándose llevar por otros planos atemporales que, aunque al autor lo dijese o no, también estaban llenos de lluvia. Y así pasaba el resto de estaciones.
Ya nadie lo llamaba, ya nadie le hablaba, ya nadie se acordaba de él, y los años no pasaban en balde. Y sus horas solo le regalaban más soledad. Pero entonces llegaba octubre, y con el las lluvias de nuevo y su casa se llenaba de goteras que nunca quería arreglar. Hacía tiempo que había decidido usar la palabra “querer” en lugar de “poder” porque realmente ante él se planteaba una gran variedad de formas de ganar dinero, a cuál de ellas más rastrera: robarlo, mendigarlo, pedírselo a familiares lejanos que tal vez ya no se acordaban de él… pero quería no pedírselo, quería no rogarlo, quería seguir conservando ese milímetro de dignidad que quedaba escondido en alguna parte de su cuerpo, ese milímetro que crecía con cada día sobrevivido y que se hacía enorme cuando encontraba la felicidad en su nueva forma de vida.
Cuando le quitaron la casa pensó en lo peor, el suicidio siempre parecía una salida; pero era demasiado gallina. Había pensado ahogarse en gas, morir durmiendo, pero la vitrocerámica que le regaló su madre con la compra de la casa, esa muerte se había convertido en poco más que un sueño gracioso y vil. Maldita innovación.
Ahora, después de cuatro años deambulando a la sombra del mundo, había logrado querer otra forma de vida. Rescató libros, periódicos, revistas y algún folleto de basureros y rincones olvidados. Las bibliotecas estaban abiertas para él, tanto que decidió darle hueco a los libros descatalogados y los hacía parte de su historia pues le ofrecían otra realidad. Conocía a gente que se chutaba heroína para desconectar de la vida, el prefería que la vida alternativa a la mierda en la que naufragaba se la brindasen heroínas con espadas desencriptadas de los reglones de palabras.
Conoció a la lluvia un día de finales de septiembre. Su primer septiembre durmiendo bajo las estrellas. Ya llevaba cinco meses, tres días y diecisiete horas de vida alternativa, como le gustaba llamarlo y se encontró con ella mientras leía en el parque. Una mancha de agua calló directa sobre la frase “y el policía se le acercó” y emborronó no una sino dos páginas. Al principio, como con cualquier amor, la odió. Luego, ante tal situación desconocida sintió miedo pero luego decidió reemplazarlo por el instinto de supervivencia de cómo no mojarse, o al menos, cómo resguardar sus tesoros. Encontró un recoveco lo suficientemente oculto como para que nadie se acercase, lo suficientemente profundo para guardar sus cosas, pero no tanto como para guarecerse él. Así que salvó los libros y él paseó.
Al principio, como con cualquier amor, la situación no le gustó. Se notaba húmedo, se notaba frío sobre sus prendas mojadas y el pantalón vaquero le daba aprensión, pues se ceñía y le pesaba. Echó de menos su casa, echó de menos el calor, las sábanas, el té demasiado caliente, el café suave y dulce, el chocolate con churros que alguna vez se le antojaba cuando llovía, la estufa, el tintineo de las gotas sobre la uralita, las películas en la tele…
Y sintió ese mismo odio lluvia tras lluvia. Gota tras gota notaba como algo penetraba en su mente y formaba una estalactita que acabaría con su cordura pues lo sumía en el barro que se formaba bajo sus pies. Lo odiaba.
Hasta que un día comprendió que lo racional solo había sido racional durante poco más de dos mil años de historia. Que la sociedad se regía por una serie de normas impuestas, que necesitábamos ser dependientes de lo antinatural.
Decidió dejar de abrazarse las piernas y resguardarse de la lluvia cuando comprendió que el ser humano es el único animal que construye muros para dejarlos vacíos, el único que ve lógica en lo ilógico para llamarlo ser social, el único que necesita lo inútil y le da un nombre.
Ese día se enamoró de la lluvia y decidió hacer lo imposible para irse cerca de su amada. Por eso anduvo hasta Grazalema, por eso deambuló por sus calles, por eso quiso vivir allí y vivió en una casa medio derruida donde pudo dar hogar a sus libros mientras él paseaba bajo diluvios, chaparrones y sirimiris. Y luego leía, leía y soñaba. Y vivía, para nunca jamás volver a sobrevivir. Porque la importancia no la encontró en otra cosa más que en ser feliz.

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