El pueblo en el que nací

En verano solo se oye el silencio acompañado por el graznido evocador de un ave que sobrevuela las escasas viviendas. Casas bajas, blancas, antiguas, viejas sin estar derruidas pero a las que una mano de pintura no les haría ningún daño. Ahí nací yo, entre medio del barro y el olor a húmedo. El calor de los hogares compensa el frío del invierno en esas tierras tan adentradas en la península Ibérica. Las familias hablan y conversan reunidas alrededor del brasero calentando la lengua con palabras y los estómagos con licores. Son pocas las familias que viven en mi pueblo, todos nos conocemos aunque al mismo tiempo no sabemos tanto los unos de los otros. Tal vez yo no sea tu primo pero soy tu hermano en espíritu; seguro que nos hemos caído jugando desde el mismo árbol.
La loma que acoge la montaña está repleta de árboles caduceos que mudan sus hojas e incluso tronco dependiendo de la época, haciendo que la estampa del pueblo cambie de color sin pintar una sola puerta. En verano amarillo, en otoño marrón, en invierno la nieve cubre todos los colores para luego impresionar con el verde de la primavera.
Así es el pueblo en el que nací, así queda en mi corazón por muchos días que pasen.

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