27 octubre 13

Nos hemos estrellado en algún sitio de alguna parte. La gente que conozco está con vida, aún a pesar de las grandes magulladuras y algún hueso roto, respiramos.

Al fondo hay un pueblo, un pueblo bonito, diría que pintoresco. Las casas son típicas de cualquier pueblo pequeño del interior, bajas, simples. La gente pasea, los pocos coches que circulan pasan y todos sin percatarse de nuestra existencia. Nadie nos mira, nadie nos oye, nadie interactúa con nosotros. Es como si no existiésemos para ellos.

Encontramos un parque, es como un bosque bien cuidado a un lado de la ciudad, con muchos árboles altos y de grueso tronco. Decidimos descansar ahí, refugiarnos y dormir a pesar del frío que comienza a notarse. Al caer la noche, el bosque comienza a notarse peligroso. Se oyen cosas, se siente el mal. Alguien nos persigue, alguien nos vigila, alguien quiere que no estemos allí. Notamos que nos persiguen y huímos, nos subimos a los árboles e intentamos defendernos hasta que el sol empieza a asomar y, con la luz, desaparecen nuestros cazadores.

Pasa un día, y otro, una noche, y otra. La rutina diaria transcurre todos los días igual, nadie nos ve, nadie nos nota y a las mismas horas pasan las mismas cosas. La gente parece hueca y no parpadean, solo sonríen. Un día me fijo en que una señora va paseando a su perro, la señora se mueve de manera extraña, como a saltos y el perro… no está. A pesar de que parece que algo tira de ella, de que parece que lleva una correa, el perro no está. Pero sí su sombra. El perro se mueve normal y yo corro hacia él, parece notarme y me muerde el pantalón. Agarro a ese perro transparente y su sombra junto a la mía brinca de felicidad. La señora sigue su marcha paseando a un perro que ya no está ahí. Voy corriendo a enseñarles al resto mi descubrimiento:

-¡Son invisibles! -digo mientras no dejo que el perro escape- la gente no es gente, algo los tiene atrapados, pero aún así hay gente de verdad, solo que no podemos verlos. Tenemos que buscarlos y pedirles que nos ayuden.

Antes de decir el punto y final de la frase se empiezan a oír gritos de gente que cada vez se acerca más a nuestra posición, se ven antorchas. Un grupo de pueblerinos enfurecidos corre hacia nosotros, unos corren, otros se enfrentan, pero al final nos cogen a todos excepto a uno que ha logrado escapar. Nos sientan en una furgoneta y nos dicen que nos van a ayudar, prometen salvarnos y todo parece alentador si no fuese por la cara de locos y los nudos que rodean a nuestras extremidades. Atados a los sillones de una furgoneta blanca sacan material quirúrgico y nos apuntan con unas inyecciones. No van a salvarnos, y los gritos no sirven de nada. Me desmayo cuando la aguja me pincha.

Me despierto en un mundo que no parece el mío. Estamos dentro de una especie de videojuego y tanto yo como mis amigos somos los monstruos de ese juego, una de mis compañeras es una araña gigante que grita de agonía tras ser acribillada por bombas y disparos del pueblo que parece disfrutar gracias a ese juego que se han inventado. Otro de mis compañeros es un gorila gigante que trepa a las copas de los árboles intentando huír de lo que parece una muerte más que segura. Estamos perdidos.

Sin embargo, en no sé qué otra realidad, el compañero que había conseguido escapar de esa masa de gente no ve nada a pesar de oír gritos lejanos. Somos invisibles para él, tan invisible como las únicas personas que son capaces de notarlo.

Despierto.

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