Calabaza

Había leído en un cuento que una de esas se había convertido en un precioso carruaje y en aquella calabaza no podía meter ni los pies. Confiaba mucho en la credibilidad de su madre y su padre a la hora de relatarle historias pero cada vez que las razonaba las encontraba más y más inverosímiles. Al menos ella no quería creer que una chica a la que su madrastra quería matar se había contentado con ser la esclava de siete enanos en lugar de denunciar a la policía. Le repugnaba la idea de pensar que alguien pudiese dormirla y un profundo desconocido la besase para hacerla su princesa. Las muñecas con las que ella jugaba blandían espada y ella quería matar monstruos también en sus juegos en el parque con su amiga Julia. No sabía si la mirada de su madre era de decepción porque aún no sabía el significado de aquella palabra, pero sí le apenaba pensar que el resto de chicas de su clase quisieran ser damiselas en apuros en lugar de sus propias heroínas. Un día su abuela le había regalado un arco y unas flechas y le había dicho que la enseñaría a matar dragones con ellas. Y aunque sabía que la piel de un dragón sería más fuerte que esas flechas de plástico se alegraba saber que alguien quedaba cuerdo en su familia aunque fuese la loca de su abuela.

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